Parece que últimamente me decido a escribir sólo para hablar de los trámites en Asia. O tal vez sea el hecho de que éstos implican viajes, que es la parte que me gusta. El último trámite que tuve que hacer se salió de los planes, lo cual, a la larga, no fue del todo malo. O para ser exactos, no fue para nada malo.
Planeé por varios meses mi viaje a Kuala Lumpur, Malasia, siendo el país más cercano a Tailandia en donde hay Embajada de Colombia (en Tailandia no tenemos) y necesitaba sacar un nuevo pasaporte colombiano (me cansé de usar el Suizo y el americano no me gusta casi) porque tenía pocas páginas disponibles. Aparte del pasaporte, también solicitaría allí una nueva visa para Tailandia.
Desde hace años había tratado de organizar viaje a Malasia y por diferentes razones no se había podido, la última vez, como mencionaba en una entrada anterior, aunque tenía los tiquetes comprados, no conté con tiempo suficiente para obtener la visa a Malasia. En esta ocasión organicé el viaje con tiempo y tenía todo planeado, aunque inicialmente después de comprar el tiquete caí en cuenta que la semana que planeaba viajar era Songkran, que es el año nuevo tailandés y hay tres días festivos, así que inmediatamente cambié las fechas del tiquete para viajar una semana antes. Aparte de los trámites que realizaría, visitaría a mi amigo Akmal, el cual no veía hace más de 12 años y también iba a aprovechar este viaje para reunirme con tres agencias con las que había empezado a tener contacto y estaba evaluando para que fueran mis proveedores (dado que empecé a trabajar de nuevo en el sector turístico), e iba a visitar con éstas los hoteles que me habían presentado previamente en sus propuestas.
Llegué a Kuala Lumpur un domingo y me quedaría hasta el viernes. Aunque tenía todo planeado, no tenía reserva hotelera (o reserva hostalera – no sé si exista ese término), tenía algunos hostales o guesthouses que había seleccionado previamente en Internet, que por el precio se adaptaban a mi presupuesto (soy trabajadora independiente… y además a veces me gusta sentirme como mochilera
). En el trayecto del aeropuerto hacia la estación central, empecé a llamar a dichos lugares, los cuales no tenían habitaciones disponibles; cuando organicé mi viaje no caí en cuenta que había un evento en Kuala Lumpur ese mismo fin de semana, es más, en el trayecto había mucho tráfico porque estaba cerca del lugar del evento: Sepang Circuit, el circuito oficial de la Formula 1. Bueno… ¡algo se me tenía que escapar!
Ubiqué la zona que tenía más guesthouses y me dirigí hacia allí, tomando el monorriel desde la estación central y siguiendo el mapa que conseguí en el aeropuerto. Preguntando una por una, algunos cuartos terribles, otras no tenían habitaciones disponibles, finalmente ya cansada decidí quedarme en una de ellas, ya me cambiaría al día siguiente. Necesitaba urgentemente descansar un rato, bañarme y buscar comida. Mi cuarto olía a pintura, lo cual hizo mi descanso más corto, me bañé y salí a recorrer las calles. Quería ubicar la Embajada de Colombia para ir hasta allí al día siguiente muy temprano. Caminé y caminé y caminé, guiándome por el mapa y por las Torres Petronas que aparecían de vez en cuando: ¡qué lindas! Y a medida que fue anocheciendo, veía su color plateado luminoso contra el cielo azul oscuro ¡impresionante! Impresionante darme cuenta que por salir a la carrera de mi cuarto, olvidé mi cámara, mi objeto más preciado que siempre me acompaña. Tuve que acudir al plan B: celular, que en mi caso no toma muy buenas fotos – y aún no he logrado pasarlas a mi computador-.
Caminé y caminé y volteaba a mirar las Petronas una vez más y otra vez y de nuevo y qué lindas, cómo pude haber olvidado mi cámara. Encontré el edificio en donde estaba la embajada y empecé mi regreso hacia el hotel y sobre todo a buscar comida. Llegué a una calle cerca del hotel en donde los restaurantes tenían las mesas al frente extendiéndose hasta casi ocupar la calle por completo, pasé mirando los diferentes menús, para probar algo que no consiguiera en Tailandia, algo nuevo. Finalmente me senté en uno que tenía mucha comida de mar, pedí el menú, no estaba muy barato y me fui por el precio, sin leer detenidamente qué era lo que estaba pidiendo, era pescado en hoja de plátano, sonaba bien y estaba barato. Me trajeron un plato grande, con un pescado como abierto con una salsa café que olía delicioso, arroz aparte y la cuenta que era 4 veces más de lo que decía en el menú. El mesero me mostraría que en la letra pequeñita del menú, decía que ese era
el precio por 100 gramos y mi porción era mucho más que eso. Pagué y bastante enojada me metí el primer trozo a la boca y… el enojo desapareció por completo, orgasmo oral, qué delicia, indescriptible pero trataré de describirlo: una carne suavecita, con una salsa fuerte – al decir fuerte, me refiero al tipo de sabores intensos que se puede encontrar en la comida india-, un poco picante (muy poco), con sabor medio dulzón al final. Seguí comiendo completamente concentrada en mi plato, disfrutándolo al máximo, la carne tenía textura un poco diferente a los pescados que yo había probado, como más fibrosa, pero suave; además estaba como muy abierto y la piel era diferente, anoté el nombre del pescado (bueno, del tipo de pez, ya que no me tomé la molestia de preguntarle al difunto cual era su nombre) para mirar después en el diccionario. Seguí disfrutando hasta que tristemente se acabó. Al llegar a mi cuarto y buscar en Internet me entere que stingray significa Mantarraya. Debo ampliar mi vocabulario.
Al día siguiente me desperté muy temprano, me aliste, empaqué y salí a preguntar en otras guesthouses si tenían cuartos disponibles para ese día y finalmente encontré, dejé mi maleta en el nuevo “hotel” y salí a iniciar mi largo día. A las 8:30 estaba en la Embajada Colombiana, la cual abría a las 9:30, di vueltas por los alrededores por 1 hora, encontrándome de vez en cuando con las imponentes Petronas hasta que abrieron y en menos de 1 hora ya tenía mi nuevo pasaporte en la mano. En el transcurso de esa hora, llegó la Embajadora, la señora Silvia Castaño de González, quien muy amablemente se presentó y estuvo hablando un rato conmigo, hablamos del turismo en la región, en la falta de conocimiento y de interés de nuestros compatriotas hacia estos países y me contó que ella fue la primera jefe de nuestro adorado presidente, ella también es paisa.
Salí de allí con tiempo de sobra (o eso creía) hasta mi próxima cita, que era con una de las agencias. Tenía la dirección ubicada en el mapa, pero al tratar de encontrarla caminando no era tan fácil, especialmente porque había parques, avenidas y nuevos edificios con los que no contaba y que no aparecían en el mapa. Llegué allí justo a tiempo, me reuní con Su Ann durante 20 minutos y salimos a visitar hoteles. Visitamos tres en total, siendo el último un hotel cinco estrellas, el Hotel Istana, cerca de donde me estaba quedando y al que había entrado la noche anterior al baño al regresar de ni larga caminata
. En este último, después de mostrarnos las instalaciones, nos invitaron a almorzar y, por pura educación, acepté. Lamentablemente no fue en el restaurante de comida de Malasia, sino en uno más internacional, también estaba muy rico.
El slogan de promoción turística de malasia es: Malaysia, truly Asia, el cual fui entendiendo a medida que pasaba más tiempo allí. En Malasia se mezclan varias culturas asiáticas: Malayos (originarios de esa zona), indios y chinos, conservando las características principales de cada cultura y viviendo de forma armónica con las otras. Esto crea un país con diferentes religiones, variados tipos de comida y diversa cultura.
Esa tarde me encontré con Akmal en el centro comercial Surya, que es en los pisos inferiores de Las Petronas. Después de tomarnos un café y actualizarnos un poco en el rumbo que habían tomado nuestras vidas desde la última vez que nos vimos, nos dirigimos hacia su casa que queda en una ciudad cerca de Kuala Lumpur. Akmal, malayo de origen indio, vivió en Colombia durante varios meses en 1997, estuvo haciendo una práctica en un instituto de inglés, después de eso regresó a Malasia, estuvo un tiempo en Londres, de nuevo regresó a Malasia en donde se casó y es ahora padre de tres hermosos hijos. Yo vivía en Colombia y ahora vivo en Tailandia
.
Primero visitamos a sus padres, que insistieron que debería aceptar algo, tomé leche de soya con dulces indios, los padres acababan de llegar el día anterior de Chennai. Estaba en Malasia, pero de alguna forma me transporté a mi época en India: la casa parecía una casa en Chennai, decoración India, muebles indios, la mamá vestía sari y el papá lungi, hablamos de India, de Colombia, de cuando Akmal estuvo en Colombia de cuando yo viví en India. Y me pasaban más y más dulces. Después de un rato nos despedimos y continuamos nuestro camino hacia la casa de Akmal, en donde Fourdius, su esposa, estaba cocinando la cena para nosotros.
Yo aún estaba llena del gran almuerzo y tenía los dulces indios atravesados en la garganta y la cena estaba lista. Tanto la familia de Akmal, como la de Fourdius son de Tamil Nadu, en el sur de India, por lo tanto la comida era india y estaba deliciosa. Los hijos muy lindos, la hija mayor, Dalila de 8 años y el hijo, Imhal, de 6, comieron con nosotros, mientras que la más pequeña, Nadya, dormía. Fue una velada muy agradable, después de la cena vi las fotos del matrimonio que duró tres días y luego inicié el largo regreso hacia Kuala Lumpur, que a esa hora duró media hora, mientras que el trayecto de ida duró más de una hora.
Al día siguiente me levante temprano, de nuevo, para ir a la Embajada de Tailandia, al llegar tuve que devolverme porque la embajada estaba cerrada por ser festivo, tendría que posponer la solicitud de visa para el día siguiente, miércoles. Partí hacia mi siguiente cita con otra de las agencias y en este caso era en un hotel cerca de donde yo me quedaba, ya que la oficina quedaba lejos del centro. Visitamos ese hotel, más tres hoteles más, y almorzamos en un restaurante chino. En el restaurante nos tenían un menú de prueba para ver si esos platos se adaptaban al paladar de mis clientes, me sentí por un momento como crítica de comida, me miraban mientras probaba los diversos dim-sum y dumplings, esperando que emitiera mi opinión. Y aunque me sentía mal por estar comiendo gratis en un restaurante de alta categoría, ubicado en uno de los centros comerciales más exclusivos del momento y tener que criticarles la comida, tuve que hacerlo, ya que la mayoría eran sabores muy simples o muy picantes y conociendo el exquisito paladar de muchos de los viajeros de mi país, estos sabores no se adaptaban. Generalmente los grupos que vienen a esta zona visitan varios países, entonces debo ser cuidadosa que sea un menú variado, representativo del país, que los menús no se repitan y que no sean platos demasiado “diferentes”.
El miércoles me desperté temprano, de nuevo, y fui a la embajada. Como he comentado con anterioridad, este tipo de trámites son bastante sencillos. Para pedir una visa, generalmente, se llena el formulario, se le pega la foto y se tiene el dinero listo. Y como dicen los budistas: “Nada es permanente, todo es temporal”, estos sencillos trámites no fueron la excepción. Había una fila grande en la embajada, entramos y empecé a hablar con una pareja que tenía una carpeta llena de documentos como si se estuvieran presentando a la Embajada Americana, les pregunté que por qué tenían tantos documentos y me dijeron que porque ella era de Siria. Me faltaba una fotocopia, así que decidí salir a sacarla, revisando antes de salir la lista de documentos requeridos, por si necesitaba algo más: hasta ahí me llegó la dicha y en ese momento entendí que esa cantidad de papeles no era sólo para la gente de Siria, sino para cualquiera que quisiera visitar Tailandia estando en Malasia. Así que salí, ya no con intención de encontrar una fotocopiadora sino de encontrar una solución a mi problema; pedían un cheque de viajero de USD 500, reservas hoteleras, tiquetes de ida y regreso, carta de la compañía para la que trabajaba, permiso de trabajo y carta explicando mis razones personales para ir a Tailandia, de esos requisitos solamente me faltaban… TODOS.
Esta historia continuará…




Apúrese con la continuación…
Querida Rubby:
He leído la crónica de tu viaje a Malasia. Gracias por compartir tus experiencias y despertarnos el interés de ir a ese país. Cuando narras lo de la carne que te comiste, lo haces de una manera tan real que creí sentir el sabor.
Te felicito por gozar cada instante de tu viaje.
Tengo un libro con fotos de las Petronas y es vertical porque las torres son muy altas y no cabrían en otro formato. Quisiera verlas, plateadas, contra el cielo azul.
Amparo Ángel