Había quedado de encontrarme a las 10 con Akmal para irnos de paseo, lo llamé y estuvimos tratando juntos de pensar en soluciones, finalmente nos encontramos a la hora indicada, le pedí que pasáramos por mi hotel para revisar Internet. Así lo hicimos y gracias a esta maravillosa herramienta, pude ir viendo la solución:
- Pude averiguar los requisitos que necesitamos los colombianos para entrar a Singapur, país al sur de Malasia, en donde he sacado en otras ocasiones visa para Tailandia; los colombianos no necesitamos visa, podemos entrar por tierra (a Malasia sólo podemos llegar por avión).
- Pude ver que hay tren y bus desde Kuala Lumpur y dura pocas horas.
- Pude ver que los requisitos para solicitar la visa de Tailandia eran menos que los que piden en Malasia
Me relajé un poco, avisé en el hotel que no me quedaría esa noche allí y salimos con Akmal hacia las Cuevas Batu, las cuales quedan fuera de la ciudad.
Estas cuevas son un lugar de peregrinaje hindú y aunque no era algo nuevo para mí culturalmente hablando (las figuras y estructura eran similares a lo que se veía en cualquier templo al sur de la India), me interesaba conocer el lugar para ver si se debía incluir en los itinerarios para mis clientes. Y sí, aprobado. Al llegar se aprecia una estatua dorada de Lord Murugan, el segundo hijo de una de las encarnaciones del dios hindú Shiva, la cual mide 50 metros. Al acercarnos, pudimos ver
los 272 escalones (no los conté en ese momento) que nos llevarían hasta la cueva principal. En el camino pudimos observar no sólo las figuras de diversos dioses hindúes, sino numerosos monos que recibían (o robaban) comida de los turistas y peregrinos. Al interior de la cueva había más figuras de dioses, algunos altares y en algunos de estos había sacerdotes practicando rituales. Sólo tomé algunas fotos y como mi día era largo, la visita a la cueva fue corta e iniciamos el retorno hasta la ciudad. Akmal me dejó en una de las estaciones de tren que me llevaría hasta la estación central en donde compraría mi tiquete hacia Singapur.
Compré tiquete de tren para esa misma noche y traté fallidamente de pedir reembolso de mi tiquete aéreo hacia Bangkok. En la estación encontré una plazoleta de comidas en donde me dediqué a probar diversos platillos típicos, bastante auténticos y por el precio que pagan los locales. Muchos de ustedes no me habrían querido acompañar, la apariencia de la comida no era muy atractiva, pero el sabor estaba delicioso.
Al regresar a mi hotel pude reservar habitación en un hostal en Singapur. Antes de irme estuve caminando un buen rato por las calles de esa ciudad sintiendo que mi visita quedaba incompleta, pero ya me llevaba una idea para volver después a visitar las cosas que me faltaban: todos los lugares turísticos (excepto las Cuevas Batu). Como me dijeron allí (y ya lo había pensado) Kuala Lumpur es el intermedio entre Bangkok y Singapur, no es tan desorganizada como Bangkok, ni tan organizada y moderna como Singapur, conserva ese toque de desorden asiático que es lo que le da el encanto a la ciudad(al menos para mí).
Casi a las 11 de la noche salía el tren para Singapur, después de un rato quedé dormida. A las 6 de la mañana estaba llegando a la frontera de Singapur y antes de llegar, se subieron oficiales de inmigración de Malasia a sellar la salida en nuestros pasaportes, que en realidad ni sellaron sino hicieron un garabato en el sello de entrada y anotaron la fecha de salida. En la estación de la frontera debíamos bajarnos con todo el equipaje y entrar oficialmente al país, pasando por mostradores de inmigración. Después de que todos los pasajeros del tren tenían los pasaportes sellados, nos volvimos a subir. Cuarenta minutos más de camino y ya estábamos en la ciudad de Singapur.
Salí de la estación en plena hora pico y me dijeron que la mejor forma de llegar a mi hostal era tomando un bus, me indicaron cual debía tomar, pasó rápido, me subí y al tratar de pagar, caí en cuenta que no tenía cambio, lo cual no le causó mucha gracia al conductor porque en los buses en Singapur (y en otras partes del mundo) se debe pagar con el cambio exacto, preguntando entre los pasajeros logré cambiar. No sabía exactamente a dónde me dirigía, es decir, sabía el nombre de la calle, pero no sabía dónde me tenía que bajar. Al ver una estación del metro, decidí bajarme, ya que allí me podría ubicar más fácil, en el metro ya me sentía en terreno conocido. El hostal donde me quedaría quedaba en Little India, uno de los barrios principales de la ciudad, al llegar a la estación, tomé un taxi y me llevó al hostal, dejé mi maleta, me registré y salí corriendo a la Embajada de Tailandia. Debía solicitar la visa ese día, que era jueves, para retirarla al día siguiente y no tener que pasar todo el fin de semana en Singapur. Al llegar a la embajada pude presentar todos los papeles que solicitaban, sólo me faltaban 500 dólares en efectivo o tiquete de salida de Tailandia, lo cual solucioné comprando un tiquete de Bangkok a Hanoi (Vietnam) y eso fue suficiente.
Ya salí de la embajada más relajada y ahí sí pude empezar a disfrutar esa moderna ciudad: es un placer caminar por sus calles ya que son amplias, hay muchos centros comerciales y, sobretodo, hay andenes, cosa que no siempre se encuentra en mi adorada Bangkok. Singapur es un lugar muy bien planeado, todo funciona, todo es limpio, el sistema de metro cubre casi toda la ciudad. Es una ciudad… perfecta, por lo cual nunca me ha llamado la atención vivir allí, creo que me aburriría, falta ese desorden asiático del que hablaba, que tiene Kuala Lumpur y que le sobra a Bangkok: los vendedores ambulantes, la comida en la calle, todas esas escenas urbanas que no permiten que uno se aburra durante un día cualquiera y que hacen que siempre, de alguna forma, me sienta en vacaciones.
Inicié el camino de regreso hacia el hostal, ya que necesitaba urgentemente descansar y ducharme.
Al lado de la estación de Little India, hay un pequeño mercado con una plazoleta de comidas, mi desayuno había sido un café y los olores de los diferentes locales me llamaban. Me decidí por el que era uno de mis platos favoritos en India: Chicken Briyani, que es un arroz aromatizado, con una mezcla de sabores intensos (como cualquier plato de comida india): cardamomo, canela, clavos, jengibre, menta, cebolla, ajo, entre otros; una presa de pollo, un huevo cocinado y una salsa al lado que no pude identificar, servido en hoja de plátano, como lo harían en India. Lo acompañé con un vaso de Lassi de Mango (bebida de yogurt) y ya me sentía llena de energía para continuar mi día.
Después de bañarme y tomar una pequeña siesta, salí a caminar y a explorar la ciudad. Primero el barrio en el que estaba, el cual tenía casas muy bonitas pintadas de diferentes colores y aunque tenía muchos almacenes, mercados y restaurantes indios (y muchos indios), no logré transportarme al país que me acogió por algunos años, ya que Little India conserva la higiene y el orden de Singapur. Luego tomé el metro hasta la estación Outram Park, al sur de Chinatown, para visitar ese vecindario que no pude visitar la vez pasada.
Me bajé y siguiendo el mapa empecé a caminar por esas pequeñas calles con casas de colores, lindos restaurantes y cafés, “permitiendo que me guiaran mis sentidos y no mi itinerario” (esta frase se la robé a mi ídolo, el sabio contemporáneo Anthony Bourdain), giraba por donde veía casas más bonitas, siempre siguiendo el mapa. De pronto me di cuenta que los nombres de las calles que veía no correspondían a los de mi mapa y me dí cuenta que el mapa estaba mal… o que por media hora, erróneamente, había estado caminando en otro vecindario y no en Chinatown. De todas formas estaba muy bonito.
Retomé el rumbo hacia Chinatown, llegando al anochecer, paseando por el mercado que aunque muy bonito e interesante, mi idea no era comprar, así que pasé, tomé algunas fotos y continué caminando hacia el norte, buscando una plazoleta de comidas a la que yo había ido hace unos años y en donde Anthony Bourdain comió uno de los platos típicos de Singapur: Chicken Rice. Encontré la plazoleta, pero el local del Chicken Rice estaba cerrado, así que continué caminando hasta llegar a Clark Quay,
una zona de bares y restaurantes cerca del río y al frente del distrito turístico. Caminé y caminé y caminé y tomé fotos, me encontré de nuevo (como hace unos años) con una escultura de Botero y me sentí orgullosa, de nuevo. Ya mis piecitos no daban más y empecé a buscar una estación de metro, le pregunté a una señora y me dijo que la siguiera, nos fuimos hablando y me contó que ella había visitado Cartagena hace muchos años en un barco que era una gran biblioteca y recorría el mundo. Al dejarme en el metro, nos despedimos y continué mi camino, llegando al hotel casi en piloto automático porque ya no podía más del cansancio.
Al día siguiente descansé en la mañana y en la tarde salí hacia la embajada a recoger mi visa, yéndome con tiempo suficiente para caminar por la zona y almorzar.
Comí Chicken rice y aunque estaba rico, no era el que había comido Bourdain, de todas formas lo disfruté. Hace años cuando tuve la oportunidad de probarlo, no lo había hecho porque la apariencia es bastante simple y no me había llamado la atención, pero a veces las cosas simples son las que más nos sorprenden: Es un plato con arroz blanco y encima un trozo de pollo cocinado, servido a temperatura ambiente. Según explicaba Tony (Anthony Bourdain), el pollo se hierve hasta que la carne esté tierna y jugosa, se saca del agua y se sumerge inmediatamente en agua helada para que se separe la piel de la carne. El arroz se prepara con ajo, grasa de pollo y sésamo y se cocina con el caldo del pollo que se acaba de hervir. Se sirve acompañado de salsa de soya, jengibre picado y salsa picante preparada con jugo de limón, ajo, caldo de pollo y chile rojo picado. Se le agregan las salsas al gusto y el resultado es una explosión de sabores intensos en cada bocado.
Con la “barriga llena y el corazón contento” salí hacia la embajada a recoger la visa y partí de nuevo hacia el hostal, ya esa tarde no tenía ganas de salir, así que me quedé en el hostal, escribiendo, organizando fotos y organizando la información recolectada durante el viaje. Casi siempre en mis viajes llega un momento en el que mi espíritu viajero se cansa, ya no le dan ganas de salir a caminar más, a probar más cosas y simplemente quiere regresar a casa, satisfecho con lo que recorrió, vio, probó, olió y aprendió en esa nueva jornada.




He seguido con cuidado tu crónica del viaje a Malasia. Gracias por compartir tus experiencias y detallar tus vivencias. Seguro que algún día iré a Singapur y a Kuala Lumpur y recordaré todo lo que cuentas.
Además, escribes muy ameno y me pude transportar a los sitios. ¡Felicitaciones!
Que rico poder vivir a travez de tus historias. Leer tus aventuras me ha despertado unas ganas terribles empacar maleta y buscarme el proximo vuelo rumbo a Asia… ya me convenciste!y para rematar, de ver tus fotos de los platos que probaste y leer tus criticas culinarias tambien me ha dado hambre
Yo tambien viajo con tus historias. Gracias Ruby. Es verdad que a mi tambien me gusta ese desorden que le da el toque de encanto al sureste asiatico. Que rico comes en tus viajes. Saludos.